David Copperfield

David Copperfield

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–Me compraré un libro –proseguí– que explique ese arte con claridad; lo estudiaré en los Commons, donde me sobra mucho tiempo, y practicaré estenografiando los discursos del tribunal… Traddles, querido muchacho, ¡ya verás cómo lo consigo!

–¡Válgame Dios! –dijo Traddles, abriendo los ojos–. ¡No tenía la menor idea de que fueras tan decidido, Copperfield!

No me extrañó en absoluto, pues era una novedad incluso para mí. Pero dejé ese asunto y puse al señor Dick sobre el tapete.

–Verá –dijo éste, pensativo–, si yo supiera hacer algo, señor Traddles… como tocar el tambor… o algún instrumento de viento.

¡Pobrecillo! Estoy seguro de que en el fondo de su corazón hubiera preferido un empleo así a cualquier otro. Traddles, que no habría sonreído por nada del mundo, le respondió con calma:

–Pero tiene usted una escritura muy hermosa, señor. ¿No me dijiste eso, Copperfield?

–¡Excelente! –contesté.

Y era cierto. Escribía con una pulcritud extraordinaria.

–¿No cree que podría copiar documentos, señor, si yo se los proporcionara? –preguntó Traddles.

El señor Dick me miró con expresión de duda.

–¿Qué opinas, Trotwood? –inquirió.


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