David Copperfield

David Copperfield

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–Gracias –dijo la señora Micawber–. Es todo cuanto necesito saber. Si ésa es la situación, y mi marido no renuncia a ningún privilegio aceptando ese trabajo, vuelvo a respirar tranquila. Sé que hablo forzosamente como una mujer –prosiguió–, pero siempre he creído que el señor Micawber tenía lo que papá llamaba, cuando yo vivía en casa, espíritu jurídico; espero que ahora inicie una carrera donde ese espíritu pueda desarrollarse y conducirle hasta un puesto de mando.

Estoy convencido de que nuestro anfitrión, con su espíritu jurídico, se veía ya sentado en el escaño del lord canciller, presidiendo la Cámara de los Lores. Se pasó la mano por la calva, muy satisfecho, y exclamó con ostentosa resignación:

–Querida, no anticipemos los dictados de la fortuna. Si estoy destinado a llevar una peluca, al menos la naturaleza me ha preparado para eso –exclamó, aludiendo a su calvicie–. No lamento haber perdido el pelo, y es posible que me haya quedado sin él por algún motivo específico. No sabría decirlo. Pero tengo la intención, mi querido Copperfield, de educar a mi hijo para la Iglesia; no negaré que, por él, me gustaría convertirme en un personaje importante.

–¿Para la Iglesia? –repetí yo, que seguía sin poder quitarme a Uriah de la cabeza.


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