David Copperfield
David Copperfield –Mi querido Copperfield –exclamó nuestro anfitrión, poniéndose en pie con los pulgares en los bolsillos del chaleco–, compañero de mi juventud, si me permite la expresión… y estimado amigo Traddles, si puedo tomarme la libertad de llamarle asÃ, quisiera agradecerles del modo más caluroso y contundente sus buenos deseos, en nombre de la señora Micawber, en el mÃo y en el de nuestra progenie. SerÃa natural que, en vÃsperas de un traslado que nos conducirá a una existencia completamente nueva –hablaba como si fueran a alejarse quinientas mil millas–, yo dedicara unas frases de despedida a los dos amigos que tengo ante mÃ. Pero he dicho ya todo lo que tenÃa que decir al respecto. Sea cual sea la posición que yo consiga alcanzar, gracias a la docta profesión de la que estoy a punto de convertirme en indigno representante, me esforzaré por no deshonrarla, y la señora Micawber le servirá siempre de adorno. Bajo el peso transitorio de algunas deudas monetarias, contraÃdas pensando en su inmediata liquidación, pero que todavÃa no he pagado debido a un cúmulo de circunstancias, me he visto obligado a llevar algo que mi naturaleza aborrece…, es decir, las gafas, y a apropiarme de un apellido que no puedo reclamar legÃtimamente. Lo único que quiero decir sobre este asunto es que las nubes han desaparecido del sombrÃo paisaje, y que el Dios del dÃa se halla de nuevo en la cumbre de la montaña. El próximo lunes, cuando la diligencia de las cuatro de la tarde llegue a Canterbury, pisaré mi patria adoptiva… ¡y mi apellido será Micawber!