David Copperfield
David Copperfield Al final, después de una agonÃa de súplicas y protestas, conseguà que me mirase, con una expresión horrorizada que poco a poco fui calmando hasta que se volvió amorosa; y su suave y bonita mejilla se apoyó en la mÃa. Entonces le dije, estrechándola entre mis brazos, que la amaba tanto, tanto; que creÃa mi deber liberarla de su compromiso, pues ahora era pobre; que nunca me consolarÃa ni podrÃa soportar perderla; que no tenÃa miedo de la pobreza, si a ella no le asustaba, pues mi brazo era fuerte y mi corazón animoso; que ya trabajaba con un coraje que sólo los enamorados conocÃan; que habÃa empezado a ser un hombre práctico y a pensar en el porvenir; que un mendrugo honradamente ganado era mejor que un festÃn heredado; y muchas otras cosas por el estilo que declaré en una explosión de apasionada elocuencia que me sorprendió a mà mismo, a pesar de que no habÃa dejado de pensar en ellas desde que mi tÃa me habÃa dejado perplejo con su llegada.
–¿Sigue siendo mÃo tu corazón, querida Dora? –pregunté con entusiasmo, pues estaba seguro de ello por la forma en que se aferraba a mÃ.
–¡Oh, sÃ! –respondió ella–. SÃ, es todo tuyo. ¡Pero no seas horrible!
¡Horrible yo! ¡Con Dora!
–¡No me hables de ser pobres ni de trabajar de firme! –exclamó, apretándose más contra mÖ. ¡No, no!