David Copperfield
David Copperfield –No seas tonto, ¿cómo puedes sentarte ahà y contarme esas historias? –exclamó Dora, dándome una palmada en la mano–. ¡Le diré a Jip que te muerda!
Sus modales infantiles me parecÃan lo más encantador del mundo, pero era necesario ser explÃcito y le repetà solemnemente:
–¡Dora, amor mÃo! ¡Es tu David quien está en la ruina!
–Le diré a Jip que te muerda –insistió ella, agitando sus rizos– si sigues siendo tan ridÃculo.
Pero yo estaba tan serio que Dora dejó de mover la cabeza y apoyó su mano pequeña y temblorosa en mi hombro, y al principio pareció inquieta y asustada, y luego rompió a llorar. ¡Fue terrible! Caà de rodillas delante del sofá, y empecé a acariciarla y a implorarle que no me destrozara el corazón; pero durante algunos instantes la pobre y pequeña Dora no hacÃa más que exclamar: «¡Oh, Dios mÃo! ¡Oh, Dios mÃo!», y… ¡estaba tan asustada! ¿Dónde estaba Julia Mills? ¡Vete con Julia Mills y márchate, te lo ruego! Creà que iba a volverme loco.