David Copperfield

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El señor Mills me obligó a esperar tanto tiempo que deseé con toda el alma que el club le multara por retrasarse tanto. Finalmente, se marchó; y vi cómo mi Dora colgaba la jaula y se asomaba al balcón para buscarme, y cómo se apresuraba a entrar de nuevo al advertir mi presencia, mientras Jip se quedaba atrás, ladrando furiosamente al enorme perro de un carnicero, que hubiera podido tragárselo tan fácilmente como una píldora.

Dora salió a recibirme en la puerta del salón; y Jip apareció corriendo tras ella, gruñendo como un loco, convencido de que yo era un bandido; y los tres volvimos a entrar, todo lo felices y enamorados que era posible. Pero no tardé en llevar la desolación al corazón de nuestra dicha (no es que tuviera el propósito de hacerlo, pero estaba tan inmerso en el asunto…) preguntando a Dora, sin prepararla antes lo más mínimo, si sería capaz de amar a un mendigo.

¡Mi hermosa y pequeña Dora! ¡Cuál no sería su asombro! En su imaginación sólo asociaba esa palabra a un rostro macilento con un gorro de dormir, o unas muletas, o una pata de palo, o un perro con un platillo en la boca, o algo parecido; y se quedó mirándome con la más encantadora expresión de sorpresa.

–¿Cómo puedes preguntarme una cosa tan estúpida? –dijo poniendo mala cara–. ¡Amar a un mendigo!

–¡Dora, amor mío! ¡Yo soy el mendigo!


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