David Copperfield

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–Y ahora, mi querido Davy –dijo Peggotty–, si tienes necesidad de dinero mientras prosigues tu aprendizaje, o si, una vez concluido éste, deseas cierta cantidad para establecerte (y eso te ocurrirá en uno u otro caso, o tal vez en los dos, tesoro mío), ¿quién puede tener más derecho a prestártelo que esta vieja y necia mujer que tanto quiso a su dulce niña?

Mi independencia no era tan feroz como para impedirme contestarle que, si alguna vez pedía dinero prestado a alguien, sería a ella. A menos que hubiera aceptado una importante suma en el acto, no creo que nada hubiera podido tranquilizar tanto a Peggotty como esas palabras.

–Y, querido mío –me cuchicheó Peggotty–, dile a esa hermosa y angelical chiquilla que me habría gustado mucho conocerla, ¡aunque sólo hubiera sido un instante! Y que antes de que se case con mi niño iré, si me lo permites, a arreglar vuestra casa y a dejarla primorosa.

Afirmé que nadie más pondría la mano en ella, y se sintió tan complacida que se marchó muy animada.

A lo largo del día, empleé toda clase de estratagemas para fatigarme mucho en los Commons y, al atardecer, a la hora señalada, me dirigí a la calle del señor Mills. Éste, que tenía la terrible costumbre de quedarse dormido después del almuerzo, aún no había salido, y no se veía ninguna jaula en la ventana del medio.


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