David Copperfield

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Mi tía, que era extraordinariamente ordenada e ingeniosa, introdujo tantas reformas en nuestro hogar que yo tenía la impresión de ser más rico y no más pobre que antes. Entre otras cosas, convirtió la despensa en mi vestidor; y compró y decoró para mí un armazón de cama que, durante el día y en la medida de lo posible, parecía una biblioteca. Yo era el objeto de su constante solicitud; y ni mi pobre madre habría podido quererme más, o preocuparse más por hacerme dichoso.

Peggotty se había sentido muy honrada de que le permitiera participar en aquellas tareas; y, aunque no se había librado por completo del antiguo temor que le inspiraba, había recibido de mi tía tantas muestras de cariño y de confianza que se habían convertido en las mejores amigas del mundo. Pero había llegado el momento (me refiero al sábado en que yo debía tomar el té en casa de la señorita Mills) de que regresara a su casa, a fin de cumplir con los deberes que había contraído respecto a Ham.

–Adiós, Barkis –exclamó mi tía–, y ¡cuídese mucho! ¡Jamás pensé que fuera a afligirme tanto perderla!

Acompañé a Peggotty hasta la diligencia y la vi partir. Se despidió llorando, y me pidió que cuidara de su hermano, del mismo modo en que lo había hecho Ham. No habíamos vuelto a saber nada de él desde su marcha, aquella tarde soleada.


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