David Copperfield
David Copperfield Por aquel entonces estábamos perfectamente instalados en Buckingham Street, donde el señor Dick seguía copiando documentos en un estado de completa felicidad. Mi tía había conseguido una señalada victoria sobre la señora Crupp, prescindiendo de sus servicios, arrojando por la ventana la primera vasija de agua que dejó en las escaleras, y protegiendo personalmente, cuando subía o bajaba, a una criada que había contratado por horas en el mundo exterior. Aquellas enérgicas medidas aterrorizaron de tal modo a la señora Crupp que decidió retirarse a su cocina, convencida de que la señorita Trotwood estaba loca. Como a mi tía le tenía sin cuidado la opinión de la señora Crupp, así como la del resto del mundo, prefería alentar esta idea en lugar de contradecirla; y mi casera, antes tan bravucona, se convirtió en pocos días en una mujer tan pusilánime que, para evitar encontrarse con mi tía en las escaleras, trataba de esconder su corpulencia detrás de las puertas (dejando, sin embargo, visible un amplio borde de sus enaguas de franela) o desaparecía en los rincones más oscuros. Mi tía sentía una satisfacción indescriptible con ello, y creo que se divertía subiendo y bajando las escaleras, con el sombrero colocado del modo más inverosímil, cuando tenía más probabilidades de tropezarse con la señora Crupp.