David Copperfield

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Seguí hablando a gran velocidad, con el puño cerrado y el rostro encendido; pero era inútil continuar. Había dicho bastante. Y había vuelto a conseguirlo. ¡Dora estaba tan asustada! ¿Dónde estaba Julia Mills? ¡Vete con Julia Mills y márchate, por favor! En pocas palabras, perdí los nervios y empecé a correr como un loco por el salón.

Esta vez creí que la había matado. Le rocié la cara con agua. Me arrodillé. Me mesé los cabellos. Me acusé de ser una bestia despiadada y cruel. Imploré su perdón. Le supliqué que me mirara. Revolví el costurero de la señorita Mills en busca de un frasco de sales y, en mi desesperación, saqué un alfiletero de marfil y se me cayeron todas las agujas encima de Dora. Amenacé con el puño a Jip, que estaba tan histérico como yo. Cometí toda clase de desatinos y, cuando la señorita Mills entró en la habitación, estaba completamente fuera de mí.

–¿Quién le ha hecho esto? –exclamó la joven, acudiendo en socorro de su amiga.

–¡Yo, señorita Mills! ¡He sido yo! –repliqué–. ¡Tiene ante usted al culpable!

Después de pronunciar esa frase u otra parecida, escondí mi rostro entre los cojines del sofá.


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