David Copperfield
David Copperfield Al principio, la señorita Mills pensó que se trataba de una pelea y que estábamos a dos pasos del desierto del Sáhara; pero no tardó en enterarse de lo que ocurría, pues mi querida Dora se abrazó a ella y empezó a contarle que yo era un «pobre obrero»; y entonces se echó a llorar por mí, me abrazó y me suplicó que aceptara todo su dinero; después rodeó con los brazos el cuello de su amiga, sollozando como si su tierno corazón estuviera destrozado.
La señorita Mills parecía haber nacido para ser nuestra salvación. Bastaron cuatro palabras mías para que comprendiera la situación, consoló a Dora y la convenció poco a poco de que yo no era un obrero (creo que Dora había llegado a la conclusión, por la forma en que yo le había expuesto el caso, de que me pasaba el día cavando zanjas, subiendo y bajando por un tablón con una carretilla), y acabó por restablecer la paz entre nosotros. Cuando nos serenamos, y Dora subió a ponerse unas gotas de agua de rosas en los ojos, la señorita Mills llamó a la campanilla para que nos sirvieran el té. Aproveché esos instantes para decirle que siempre contaría con mi amistad y que mi corazón dejaría de latir antes de que pudiera olvidar sus muestras de simpatía.