David Copperfield

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Después expliqué a la señorita Mills lo que había tratado inútilmente de explicar a Dora. Nuestra amiga señaló el principio de que la Cabaña de la felicidad era mejor que el Palacio del frío esplendor, y aseguró que donde había amor, no faltaba nada.

Le respondí que tenía mucha razón, y ¿quién podía saberlo mejor que yo, que amaba a Dora con un amor que ningún mortal había conocido hasta entonces? Y, cuando la señorita Mills afirmó, muy abatida, que algunos corazones serían dichosos si mis palabras fueran ciertas, me apresuré a añadir que mi observación sólo podía aplicarse al sexo masculino.

Entonces le pregunté si le parecía acertada mi sugerencia de que Dora se familiarizara con las cuentas de la casa, el cuidado del hogar y el manual de cocina.

La señorita Mills, después de meditarlo un poco, me contestó:

–Señor Copperfield, quisiera hablarle con franqueza. En algunos temperamentos, las dificultades y los sufrimientos suplen a los años, y seré tan sincera con usted como si fuese una madre abadesa. No. Su sugerencia no me parece nada acertada. Nuestra querida Dora es una criatura mimada de la naturaleza; toda luz, gracilidad y alegría. Nada me impide decirle que si fuera posible, estaría bien, pero…

Y la señorita Mills movió la cabeza.


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