David Copperfield

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Aquella confesión final me empujó a preguntarle si, en el caso de que se presentara la oportunidad de atraer la atención de Dora sobre esa clase de preparativos para una vida seria, ella no la aprovecharía por el bien de mi amada. La señorita Mills me respondió que sí con tanta prontitud que me animé a pedirle que se encargara del manual de cocina; si conseguía que Dora lo aceptara sin asustarse, me haría un enorme favor. La señorita Mills aceptó también esta misión, aunque no se mostró demasiado optimista.

Y la pequeña Dora regresó, tan adorable que no pude sino preguntarme si teníamos derecho a importunarla con asuntos tan prosaicos. Y fue tan cariñosa conmigo y estuvo tan encantadora (especialmente cuando obligaba a Jip a erguirse sobre las patas traseras para darle pan tostado, y fingía que iba a quemarle el hocico con la tetera porque se negaba a obedecerla) que, al recordar cuánto la había asustado y la había hecho llorar, me sentí una especie de monstruo que hubiese entrado en el recinto de un hada.

Después del té, cogimos la guitarra; y Dora cantó de nuevo aquellas viejas y queridas canciones francesas que hablaban de la imposibilidad de dejar de bailar, tralalá, tralalá, hasta que me sentí un monstruo mucho más terrible que el de antes.


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