David Copperfield
David Copperfield Sólo un incidente vino a ensombrecer nuestra alegrÃa, y éste se produjo poco antes de que yo me retirara: cuando la señorita Mills aludió por casualidad al dÃa siguiente, tuve la mala fortuna de comentar que, como debÃa trabajar de firme, me levantaba a las cinco de la mañana. No sé si Dora imaginó que yo era un vigilante nocturno, pero mis palabras la impresionaron tanto que dejó de tocar la guitarra y de cantar.
SeguÃa pensando en lo mismo cuando me despedà de ella; y entonces me dijo con aire mimoso, como si yo fuera un muñeco (o eso me parecÃa):
–Y no seas malo. Nada de levantarte a las cinco. ¡Es un disparate!
–Amor mÃo –repuse–, tengo trabajo.
–¡Pues no lo hagas! ¿Por qué tienes que hacerlo?
Era imposible decirle a aquella carita dulce y sorprendida, como no fuese entre risas y bromas, que tenemos que trabajar para vivir.
–¡Qué ridiculez! –exclamó Dora.
–Y si no trabajamos, ¿cómo viviremos? –inquirÃ.
–¿Cómo? ¡De cualquier modo!
ParecÃa creer que habÃa resuelto el problema y me dio un pequeño beso de triunfo, surgido directamente de su inocente corazón; habrÃa sido incapaz de desengañarla aunque me hubieran ofrecido una fortuna.