David Copperfield
David Copperfield Mi padre habÃa dejado en un pequeño cuarto del piso superior, al que yo tenÃa acceso por estar junto a mi dormitorio, una pequeña colección de libros en la que nadie habÃa reparado. De aquella bendita habitación salieron Roderick Random, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe, en hueste gloriosa, para hacerme compañÃa. Ellos –asà como Las mil y una noches y los Cuentos de los genios– mantuvieron despierta mi imaginación y mi esperanza de una vida mejor; y no pudieron causarme el menor daño, pues, de existir algún mal en ellos, yo lo desconocÃa. TodavÃa ahora me asombra pensar cómo encontraba tiempo para leer aquellos libros, en medio de mis pesadas tareas y de mis tropiezos. Me resulta curioso que pudieran consolarme de mis pequeños problemas (que para mà eran muy grandes), al permitirme encarnar a mis personajes favoritos e identificar al señor y a la señorita Murdstone con todos sus malvados. Fui Tom Jones toda una semana (Tom Jones niño, una criatura inofensiva). Fui mi propia versión de Roderick Random un mes seguido. LeÃa con avidez los escasos volúmenes de viajes y expediciones –no recuerdo exactamente cuáles– que habÃa en las estanterÃas; y, durante muchos dÃas, recuerdo haber recorrido mi zona secreta de la casa armado con la pieza central de un viejo juego de hormas de zapatos, creyéndome la encarnación más perfecta del capitán Mengano, de la Armada Real Británica, en peligro de ser atacado por una tribu de salvajes y decidido a vender bien cara su vida. El capitán jamás perdÃa su dignidad, aunque le golpearan las orejas con una gramática latina. Yo sÃ; pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas de todas las lenguas del mundo, vivas o muertas.