David Copperfield

David Copperfield

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Y ése fue mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello, rememoro una tarde de verano en que, mientras los demás niños jugaban en el cementerio, yo leía sentado encima de la cama, como si me fuera la vida en ello. Todos los graneros de la vecindad, todas las piedras de la iglesia, todos los rincones del cementerio estaban asociados en mi imaginación, por algún motivo, a aquellos libros y representaban los lugares más famosos de mis lecturas. Vi a Tom Pipes[10] trepar hasta el campanario de la iglesia; vi a Strap,[11] con su morral a la espalda, detenerse a descansar junto al postigo; y estoy seguro de que el comodoro Trunnion[12] celebraba sus reuniones con el señor Pickle en una sala de la taberna de nuestra aldea.

El lector puede comprender ahora, tan bien como yo, qué clase de muchacho era al llegar a este punto de mi juvenil historia.

Una mañana, al entrar en el gabinete con mis libros, percibí cierta inquietud en el rostro de mi madre; la señorita Murdstone me contempló con su habitual severidad y su hermano, que estaba atando algo en el extremo de una vara, delgada y flexible, empezó a chasquear y a blandir ésta en el aire.

–Debes saber, Clara –dijo el señor Murdstone–, que a mí me azotaron a menudo.

–Es natural –asintió su hermana.


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