David Copperfield
David Copperfield –Desde luego, mi querida Jane –balbució mi madre, sumisa–; pero ¿creéis que fue beneficioso para Edward?
–¿Acaso piensas que fue perjudicial, Clara? –preguntó el señor Murdstone, gravemente.
–Ésa es la cuestión –exclamó la señorita Murdstone.
–Por supuesto, querida Jane –repuso mi madre, abandonando la discusión.
Comprendà con temor que aquel diálogo me afectaba personalmente y busqué los ojos del señor Murdstone, que se clavaron en los mÃos.
–Y ahora, David –afirmó, y volvà a percibir en él su estrabismo–, es preciso que hoy tengas más cuidado que otros dÃas.
Blandió y chasqueó de nuevo la vara con aire amenazador y, una vez terminados sus preparativos, la colocó junto a él –con mirada expresiva– y cogió su libro.
Era una buena manera de estimular mi presencia de ánimo, antes de comenzar. Sentà que las palabras de la lección se borraban de mi memoria, pero no una a una, o lÃnea a lÃnea, sino por páginas enteras. Intenté retenerlas; pero parecÃan haberse puesto patines, por expresarlo de algún modo, para alejarse de mà a una velocidad imposible de controlar.