David Copperfield
David Copperfield –Ahora lo veo con claridad, señor, se lo aseguro –repliqué–. Pero nunca se me ocurrió pensar asÃ. Sinceramente, señor Spenlow, con toda franqueza, nunca se me ocurrió pensar de ese modo. Mi amor por la señorita Spenlow es tan grande…
–¡Bah! ¡TonterÃas! –exclamó, sonrojándose–. Le ruego que no diga en mi presencia que está enamorado de mi hija, señor Copperfield.
–¿Cómo podrÃa si no excusar mi conducta, señor? –dije con toda humildad.
–¿Acaso quedarÃa asà justificada? –inquirió el señor Spenlow, deteniéndose bruscamente–. ¿Ha reflexionado usted sobre su edad y la de mi hija, señor Copperfield? ¿Ha reflexionado sobre lo que significa minar la confianza que deberÃa existir entre mi hija y yo? ¿Ha reflexionado sobre la posición social de la señorita Spenlow, sobre los proyectos que yo pueda haber forjado para su porvenir, sobre mis intenciones testamentarias para con ella? ¿Ha reflexionado sobre algo, señor Copperfield?
–Me temo que muy poco, señor –repuse con todo el respeto y el pesar que sentÃa–; pero créame, se lo suplico, he reflexionado sobre mi situación en el mundo. Cuando se la expliqué a usted, estábamos ya comprometidos…