David Copperfield

David Copperfield

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La imagen que veía ante mí del hermoso y pequeño tesoro de mi corazón llorando y sollozando durante toda la noche… el hecho de que estuviera sola, asustada y muy abatida… de que hubiera rogado y suplicado a aquella mujer cruel que la perdonara… de que le hubiera ofrecido en vano besos, cajitas y baratijas… de que estuviera sufriendo tanto, y todo por mi culpa… fue un duro golpe para la poca dignidad que aún conservaba. Me temo que durante unos momentos, a pesar de todos mis esfuerzos, fui incapaz de disimular mi temblor.

–No tengo nada que decir, señor –respondí–, excepto que toda la culpa es mía. Dora…

–La señorita Spenlow, se lo ruego –me interrumpió su padre con aire majestuoso.

–Fui yo quien la convenció de que consintiera en ocultarlo –proseguí, tragándome aquel frío apelativo–; lo lamento amargamente.

–Merece un sinfín de reproches, señor –exclamó el señor Spenlow, mientras andaba de un lado a otro por la esterilla de la chimenea, subrayando sus palabras con todo el cuerpo y no con la cabeza, debido a la rigidez del cuello de su camisa y de su espina dorsal–. Ha actuado a escondidas y de un modo indecoroso. Cuando invito a un caballero a mi casa, ya tenga diecinueve, veintinueve o noventa años, le doy una prueba de confianza. Si abusa de ella, comete un acto muy poco honorable, señor Copperfield.


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