David Copperfield

David Copperfield

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–Tiene usted razón –me interrumpió el señor Spenlow, asintiendo repetidas veces con la cabeza y frunciendo mucho el ceño–, los dos son muy jóvenes. No es más que una locura. Será mejor ponerle fin. Llévese estas cartas y arrójelas al fuego. Deme las de la señorita Spenlow para que las queme. Aunque a partir de ahora, como podrá comprender, sólo nos veremos en los Commons, acordaremos no volver a mencionar el pasado. Vamos, señor Copperfield, es usted una persona inteligente; será lo más sensato.

No. No podía mostrarme de acuerdo con él. Lo lamentaba muchísimo, pero había algo más importante que la sensatez. El amor estaba por encima de cualquier otra consideración terrena, y yo amaba a Dora hasta la idolatría y ella me correspondía. No se lo dije exactamente así; lo suavicé cuanto pude; pero se lo di a entender, y fui categórico. No creo que resultara muy ridículo, pero sé que fui categórico.

–Muy bien, señor Copperfield –exclamó el señor Spenlow–, ejerceré toda mi influencia sobre mi hija.

La señorita Murdstone dio a entender con un expresivo sonido, un largo y profundo jadeo que no era ni un suspiro ni un gemido, aunque se asemejaba a los dos, que debía haber hecho eso desde el principio.


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