David Copperfield

David Copperfield

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–Ejerceré toda mi influencia sobre mi hija –repitió el señor Spenlow. ¿Se niega a llevarse sus cartas, señor Copperfield?

Pues yo las había dejado en la mesa.

Sí. Le dije que esperaba que no lo tomara a mal, pero que no podía aceptarlas de manos de la señorita Murdstone.

–¿Ni de las mías? –quiso saber.

No, contesté con el mayor de los respetos; tampoco de las suyas.

–¡Muy bien! –dijo él.

En el silencio que siguió, yo no sabía si marcharme o quedarme allí. Finalmente, cuando había decidido dirigirme lentamente hacia la puerta con la intención de decirle que tal vez sería mejor para él que yo me retirase, el señor Spenlow añadió, con las manos en los bolsillos de la chaqueta (donde apenas le cabían) y con una expresión que yo calificaría, en conjunto, de indiscutiblemente piadosa:

–Supongo que sabrá, señor Copperfield, que no carezco del todo de posesiones terrenales, y que mi hija es mi familiar más cercano y más querido.

Me apresuré a responderle que esperaba que el error al que me había empujado la naturaleza desesperada de mi amor no le indujera a pensar que actuaba por interés.


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