David Copperfield
David Copperfield Soy incapaz de describir mi estado de ánimo al recibir aquella noticia. Es fácil comprender la conmoción que me produjo aquel acontecimiento tan repentino, cuya víctima era una persona con la que yo había tenido algunas desavenencias; el terrible vacío que dejaba en el despacho que había ocupado tan recientemente, y en el que la mesa y la silla parecían esperarle y los manuscritos del día anterior daban la impresión de ser obra de un fantasma; la indefinible imposibilidad de imaginar aquel lugar sin él, y la sensación de que iba a entrar cada vez que se abría la puerta; el perezoso silencio y la inactividad que reinaban en la oficina, y el insaciable placer con que los empleados hablaban de lo ocurrido, mientras otras personas entraban y salían para conocer todos los detalles. Lo que soy incapaz de describir es cómo, en lo más profundo de mi corazón, me corroían los celos incluso de la Muerte. Cómo temía que su fuerza pudiera alejarme de los pensamientos de Dora. Cómo me reconcomía la envidia de su pena. Cómo me atormentaba pensar que ella lloraba con otros, o que otros la consolaban. Cómo me dominaba el deseo avaro y egoísta de apartarla de todo el mundo excepto de mí, y de ser todo para ella, precisamente en aquel momento, el más inoportuno de todos.