David Copperfield

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En ese estado de confusión (espero que no exclusivamente mío, sino conocido por otros), me dirigí aquella noche a Norwood; al enterarme por un criado, cuando hice indagaciones en la puerta, de que la señorita Mills se encontraba allí, le supliqué a mi tía que le enviase una carta de mi puño y letra. Lamentaba sinceramente la prematura muerte del señor Spenlow, y lloré al escribirla. Pedí a la señorita Mills que dijese a Dora, si es que Dora era capaz de escucharla, que su padre había sido muy bondadoso y considerado conmigo; y que únicamente había tenido palabras de ternura para ella, ni una sola frase de reproche. Soy consciente de que hice aquello empujado por el egoísmo, a fin de que mi nombre llegara hasta ella; pero intenté convencerme a mí mismo de que era un acto de justicia a la memoria de su padre. Es muy posible que de verdad lo creyera.

Mi tía recibió al día siguiente unas líneas de respuesta. El sobre venía dirigido a ella; la carta, a mí. Dora estaba abrumada por el dolor y, cuando su amiga le había preguntado si tenía algún mensaje para mí, había exclamado llorando, pues no dejaba de llorar: «¡Oh, mi querido papá! ¡Oh, pobre papá!». Pero no le había respondido que no, lo que me tranquilizó bastante.



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