David Copperfield
David Copperfield El señor Jorkins, que había estado en Norwood desde el suceso, volvió a la oficina unos días después. Él y Tiffey se encerraron en su despacho durante un rato, y después Tiffey se asomó a la puerta y me indicó que pasara.
–¡Oh! –exclamó el señor Jorkins–. El señor Tiffey y yo, señor Copperfield, vamos a examinar la mesa, los cajones y el resto de las pertenencias del finado, con el fin de sellar los papeles personales y de buscar el testamento. No hemos encontrado ni rastro de él. ¿Tendría la amabilidad de ayudarnos?
Yo había estado muy angustiado, pensando en qué circunstancias quedaría mi Dora, quién sería su tutor, etcétera, y ahora tenía la oportunidad de averiguarlo. Empezamos inmediatamente nuestras pesquisas; el señor Jorkins abría mesas y cajones cerrados con llave y nosotros sacábamos todos los papeles. Colocamos a un lado los de la oficina y a otro los personales (que no eran muy numerosos). Trabajamos con enorme seriedad; y, cuando descubríamos un sello, un estuche de lápices, un anillo, o algún pequeño objeto de esa clase que nos recordaba a él, lo comentábamos en voz muy baja.
Habíamos sellado ya varios paquetes y proseguíamos nuestra tarea en medio del polvo y del silencio cuando el señor Jorkins nos dijo, aplicando a su difunto socio exactamente las mismas palabras que éste le había aplicado a él: