David Copperfield
David Copperfield –El señor Spenlow se resistÃa a salir del camino trillado. ¡Ya saben ustedes cómo era! Me inclino a pensar que no hizo testamento.
–¡Oh! ¡Me consta que sà lo hizo! –dije yo.
Los dos se detuvieron para mirarme.
–El último dÃa que estuve con él –añadÖ, me dijo que habÃa hecho testamento y que hacÃa mucho tiempo que tenÃa todos sus asuntos en regla.
El señor Jorkins y el viejo Tiffey movieron al unÃsono la cabeza.
–No resulta nada prometedor –manifestó Tiffey.
–Nada prometedor –repitió el señor Jorkins.
–Supongo que no dudarán ustedes… –empecé a decir.
–Mi buen señor Copperfield –exclamó Tiffey, apoyando la mano en mi brazo y cerrando los dos ojos al tiempo que movÃa la cabeza–, si llevara tanto tiempo como yo en los Commons, sabrÃa que no hay ningún otro asunto en el que los hombres sean más inconsecuentes y menos de fiar.
–¡Válgame Dios! ¡Pero si ésas fueron exactamente sus palabras! –repuse con tenacidad.
–Entonces está claro –afirmó Tiffey–. En mi opinión, no hay testamento.