David Copperfield

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Me pareció increíble, pero al final no hubo testamento. Al señor Spenlow ni siquiera se le había pasado por la cabeza hacerlo, a juzgar por sus papeles; pues no se encontró en ellos el menor indicio, borrador o memorándum de que tuviera intención de testar. No fue para mí menos asombroso descubrir que sus asuntos se hallaban en el más completo desorden. Fue muy difícil saber qué debía, qué había pagado y qué bienes poseía al morir. Es muy probable, dijeron, que tampoco lo hubiera sabido él desde hacía muchos años. Poco a poco fue saliendo a la luz que, en la rivalidad entonces tan extendida en los Commons en cuestiones de ostentación y elegancia, el señor Spenlow se había gastado más de lo que ganaba en su profesión, que no era mucho, y había reducido su fortuna personal, si es que alguna vez había sido importante (lo que parecía más que dudoso) a la mínima expresión. Se alquiló la casa de Norwood y se vendieron sus muebles; y Tiffey me contó, sin adivinar cuánto me interesaba la historia, que, una vez pagadas las deudas del finado, después de deducir la parte que le correspondía de los créditos dudosos y discutibles que tendría que respaldar la firma, no daría ni mil libras por su activo.





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