David Copperfield
David Copperfield No sé de dónde saqué el tiempo para deambular por Putney; pero me las arreglé, de un modo u otro, para merodear con frecuencia por sus alrededores. La señorita Mills, a fin de cumplir de un modo más fidedigno con los deberes de la amistad, escribÃa un diario; y a veces se encontraba conmigo en el parque y me lo leÃa, o (si no tenÃa tiempo) me lo prestaba. ¡Cómo atesoraba yo aquellas anotaciones, de las que adjunto una muestra!
Lunes.– Mi dulce Dora sigue desconsolada. Dolor de cabeza. Llamo su atención sobre el buen aspecto de J., D. lo acaricia. Despertados asà los recuerdos, se abren las compuertas del sufrimiento. Explosión de dolor (¿Son las lágrimas el rocÃo del corazón? J.M.).
Martes.– D. débil y nerviosa. Muy bella en su palidez (¿No ocurre lo mismo con la luna? J.M.). D., J.M. y J. salen a tomar el aire en carruaje. J. se asoma a la ventanilla y ladra violentamente a un basurero. Una sonrisa aparece en el rostro de D. (¡Con eslabones tan frágiles se forma la cadena de la vida! J.M.)
Miércoles.– D. relativamente feliz. Canto una alegre melodÃa, Las campanas del anochecer.[83] No se serena, sino todo lo contrario. D. sumamente conmovida. Más tarde la encuentro llorando en su cuarto. Le recito unos versos sobre mà y una joven gacela.[84] No tengo éxito. Le hablo también de la Resignación sobre un Monumento[85] (¿Por qué sobre un monumento? J.M.).