David Copperfield

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Viernes.– Día de incidentes. Aparece un hombre con una bolsa azul, «a buscar las botas que la señora desea arreglar». La cocinera responde: «No he recibido esa orden». El hombre insiste. La cocinera va a investigar y deja al desconocido solo con J. A su regreso, el hombre sigue insistiendo, pero finalmente se marcha. J. ha desaparecido. D. loca de inquietud. Se informa a la policía. Deben identificar al hombre por su nariz ancha y sus piernas como los pilares de un puente. Buscan por doquier. No aparece J. y D. llora amargamente, inconsolable. Vuelvo a hablarle de la joven gacela. Apropiado, pero no sirve de nada. Al anochecer, un muchacho extraño llama a la puerta. Lo conducimos a la sala. Nariz ancha, pero no pilares de un puente. Dice que quiere una libra y que sabe algo de un perro. Se niega a dar más explicaciones, a pesar de nuestras preguntas. D. le da la libra y él lleva a la cocinera a una casita donde J. se encuentra solo, atado a la pata de una mesa. Alegría de D. que baila alrededor de J., mientras éste toma la cena. Animada por este cambio feliz, le hablo de D.C. en el piso de arriba. Dora llora de nuevo y exclama: «¡Oh, no, no. Estaría muy mal pensar en algo que no fuera mi pobre papá!». Besa a J. y se duerme entre sollozos. (¿No deberá D.C. confiarse a las poderosas alas del tiempo? J.M.)



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