David Copperfield

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Pero eso no era lo peor. Había en los Commons una serie de parásitos e intrusos que, ajenos a la institución, llevaban asuntos de derecho civil que en realidad les solucionaban verdaderos procuradores eclesiásticos, quienes les prestaban sus nombres a cambio de una parte del beneficio; y estos últimos eran también muy numerosos. Como nuestro despacho necesitaba conseguir trabajo a cualquier precio, nos unimos a esa noble tribu, y desplegamos todo nuestro encanto para que parásitos e intrusos nos confiaran sus asuntos. Todos perseguíamos las licencias de matrimonio y las legalizaciones testamentarias de poca importancia; eran las operaciones más lucrativas y la competencia era terrible. En todas las vías de acceso a los Commons, había secuestradores y embaucadores con instrucciones de cortar el paso a todas las personas enlutadas y a todos los caballeros de aspecto tímido, a fin de engatusarlos para que fueran a las oficinas de sus respectivos patrones. Estas instrucciones se seguían con tanto celo que, antes de que me conocieran de vista, a mí mismo me llevaron dos veces al despacho de nuestro peor rival. Los conflictos de intereses entre aquellos caballeros que servían de gancho resultaban tan enojosos que, en más de una ocasión, les hicieron llegar a las manos; y nuestro principal embaucador (que había trabajado primero en el negocio del vino y después como corredor de comercio) dio el escandaloso espectáculo de pasearse durante unos días por los Commons con el ojo morado. Ninguno de aquellos personajes dudaba en ayudar educadamente a una anciana dama vestida de negro a salir de un carruaje, en anunciarle la muerte de un procurador eclesiástico por el que ella preguntaba, en presentarle a su jefe como el sucesor y representante legal del difunto, y en llevarla (a veces profundamente afectada por la noticia) a su despacho. Muchos prisioneros fueron conducidos de ese modo hasta mí. En cuanto a las licencias de matrimonio, la rivalidad llegó a tales extremos que un caballero algo apocado que fuera en su busca sólo podía rendirse al primer embaucador, o dejar que se lo disputaran varios y convertirse en presa del más fuerte. Uno de nuestros empleados, un indeseable, tenía la costumbre de esperar con el sombrero puesto hasta que terminaba la contienda, a fin de precipitarse al encuentro de un juez para que sus víctimas prestaran juramento. Tengo entendido que este sistema de engatusar clientes continúa en nuestros días. La última vez que estuve en los Commons, un individuo corpulento con un delantal blanco se abalanzó sobre mí desde un portal y me dijo al oído las palabras «Licencia de matrimonio»; y a duras penas logré impedir que me cogiera en brazos y me llevase al despacho de algún procurador eclesiástico.


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