David Copperfield

David Copperfield

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Al llegar a Canterbury, empecé a vagar por sus viejas calles con una alegría serena que tranquilizó mi ánimo y alivió mi corazón. Allí estaban los mismos carteles, los mismos nombres sobre la entrada de las tiendas, los mismos comerciantes detrás de sus mostradores. Mis años escolares me parecían tan lejanos que me asombró ver lo poco que había cambiado la ciudad, hasta que se me ocurrió pensar en lo poco que yo mismo había cambiado. Sin duda resulta extraño, pero aquella serena influencia que siempre asociaba con Agnes parecía impregnar incluso la ciudad donde ella vivía. En las venerables torres de la catedral, que las voces de los viejos grajos y de las cornejas volvían mucho más lejanas que el silencio; en los deteriorados pórticos, antaño repletos de estatuas, que se habían convertido en polvo tras caer de sus pedestales, al igual que los devotos peregrinos que las habían contemplado; en los rincones tranquilos por donde trepaban las hiedras centenarias, aferrándose a los tejados y a los muros en ruinas; en las antiguas casas, en el bucólico paisaje, en los huertos y jardines; en todas las cosas que veía a mi alrededor se respiraba el mismo aire sereno, el mismo espíritu reposado y meditabundo.





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