David Copperfield

David Copperfield

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Cuando llegué a casa del señor Wickfield, encontré al señor Micawber escribiendo afanosamente en el pequeño despacho circular de la planta baja, donde tantas horas había pasado Uriah Heep. Vestía uno de esos trajes negros que llevan los abogados y, con su corpulencia y su altura, apenas cabía en aquel cuartito.

El señor Micawber se alegró mucho de verme, aunque pareció algo turbado. Le habría gustado llevarme inmediatamente con Uriah, pero yo decliné su oferta.

–Recuerde que hace mucho que conozco esta casa –le dije–; sabré encontrar el camino. ¿Qué tal el derecho, señor Micawber? ¿Es de su agrado?

–Mi querido Copperfield –respondió–, para un hombre dotado de una imaginación superior, el inconveniente de los estudios legales es la cantidad de detalles que éstos encierran. Ni siquiera en la correspondencia profesional –añadió, mirando algunas de las cartas que estaba escribiendo— tiene uno la libertad de elevarse hasta las más exaltadas formas de expresión. Sin embargo, es una gran ocupación. ¡Una gran ocupación!

Después me contó que se había convertido en el inquilino de la antigua casa de Uriah Heep, y que la señora Micawber estaría encantada de recibirme una vez más bajo su techo.


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