David Copperfield

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Vi cómo mi madre se tapaba entonces los oídos y empezaba a llorar.

El señor Murdstone me condujo a mi cuarto con paso lento y majestuoso –pues estoy convencido de que le complacía aquella manera tan ceremoniosa de hacer justicia– y, cuando llegamos allí, me retorció de pronto la cabeza y la sujetó bajo su brazo.

–¡Señor Murdstone! ¡Por favor! –le supliqué–. ¡No me pegue, se lo ruego! He intentado aprender, señor, pero no soy capaz de hacerlo si están delante usted y la señorita Murdstone.

–¿De veras que no eres capaz, Davy? –exclamó–. ¡Ya lo veremos!

Tenía mi cabeza aprisionada como en un banco de carpintero, pero conseguí de algún modo volverme y detenerlo unos instantes, mientras le pedía que no me pegase. No tardó en golpearme con fuerza, al tiempo que yo mordía la mano con que me sujetaba hasta hacerle sangre. Todavía me rechinan los dientes cuando recuerdo la escena.

Entonces me azotó como si quisiera matarme. A pesar del estrépito que armábamos, oí a mi madre y a Peggotty correr escaleras arriba, gritando y llorando. Después, se marchó y cerró la puerta con llave; yo me quedé tendido en el suelo, acalorado y febril, maltrecho y dolorido, rabioso ante mi impotencia.


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