David Copperfield

David Copperfield

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¡Qué bien recuerdo la extraña quietud que parecía reinar en la casa cuando logré tranquilizarme! ¡Qué bien recuerdo lo despreciable que me sentí cuando mi cólera y mi dolor empezaron a calmarse!

Estuve mucho tiempo escuchando, pero no oí el menor ruido. Me levanté con dificultad del suelo y me miré en el espejo; tenía el rostro tan enrojecido, hinchado y feo que casi me asusté. Sentía un dolor lacerante allí donde el señor Murdstone me había azotado, pero no era nada comparado con mi sentimiento de culpa: una carga más penosa sobre mi conciencia que si hubiera sido el peor de los criminales.

Había empezado a oscurecer y yo había cerrado la ventana (después de pasarme casi todo el tiempo con la cabeza apoyada en el alféizar, llorando, dormitando y contemplando lánguidamente el exterior), cuando oí girar la llave de la puerta; la señorita Murdstone entró con un poco de pan con carne y un tazón de leche. Los dejó sobre la mesa sin decir palabra, mientras clavaba sus ojos en mí, con ejemplar firmeza; luego se retiró, echando nuevamente la llave.




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