David Copperfield
David Copperfield –A quien admiro muchÃsimo, Copperfield –exclamó–, es a la señorita Wickfield, se lo aseguro. Es una joven extraordinaria, llena de atractivos, gracias y virtudes. ¡Le juro por mi honor –exclamó, besando repetidas veces su propia mano e inclinándose con la más exquisita cortesÃa– que rindo homenaje a la señorita Wickfield! ¡Ejem!
–Me alegro de eso, al menos –dije.
–Si no nos hubiera asegurado, mi querido Copperfield, durante aquella agradable velada que tuvimos la dicha de pasar en su compañÃa, que la D era su letra favorita –afirmó el señor Micawber–, habrÃa supuesto que ésta era la A.
Todos hemos sentido alguna vez la sensación de que lo que decimos o hacemos lo hemos dicho o hecho antes, en épocas lejanas; de habernos visto rodeados, en la noche de los tiempos, de los mismos rostros, de los mismos objetos, de las mismas circunstancias; de saber de antemano lo que va a decirse, ¡como si de pronto lo recordáramos! Jamás he experimentado esto con tanta intensidad como antes de que el señor Micawber pronunciara esas palabras.