David Copperfield

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El señor Peggotty juntó las cartas pensativo, alisándolas con la mano; y volvió a formar con ellas un pequeño fajo, que guardó amorosamente en su pecho. El rostro había desaparecido de la puerta. Vi que seguía entrando la nieve, pero no había nadie.

–¡Bueno! –exclamó, mirando su fardo–. Como ya lo he visto esta noche, señorito Davy (¡y cuánto bien me ha hecho!), me iré mañana por la mañana, muy temprano. Ya sabe lo que llevo aquí –dijo, poniendo la mano sobre el bolsillo donde llevaba el pequeño paquete–; lo único que me preocupa es pensar que me puede ocurrir algo malo antes de que haya devuelto este dinero. Si yo muriera, y se perdiese o me lo robaran, o desapareciera de algún modo, y él no se enterase, e imaginara que lo he aceptado, no creo que pudieran retenerme en el otro mundo. ¡Estoy seguro de que volvería a éste!

Se levantó, y yo seguí su ejemplo; antes de salir, nos estrechamos la mano una vez más.

–Caminaría diez mil millas –afirmó–; andaría hasta caer muerto para devolverle este dinero. Si consigo hacerlo, y encuentro a mi Emily, me daré por satisfecho. Y si no la encuentro, tal vez algún día llegue a sus oídos que su tío, que tanto la amaba, no dejó de buscarla hasta que la muerte se lo llevó; y si la conozco bien, sé que esto bastará para que ella regrese finalmente a casa.


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