David Copperfield
David Copperfield Me lo enseñó. Era un pueblo en el Alto Rin. Había encontrado, en Yarmouth, unos comerciantes extranjeros que conocían esa región y que le habían dibujado en un papel un burdo mapa que él era capaz de interpretar muy bien. Lo puso encima de la mesa, entre los dos; y, apoyando la barbilla en una mano, fue trazando con la otra la ruta que pensaba seguir.
Le pregunté cómo estaba Ham, y él movió la cabeza.
–Trabaja con el coraje de todo un hombre. Su nombre es querido y respetado por todos. No hay nadie que no esté dispuesto a echarle una mano, ¿sabe?; de igual modo que él está siempre dispuesto a ayudar a los demás. Jamás le hemos oído quejarse. Pero mi hermana cree (entre nosotros) que está muy herido en el alma.
–¡Pobre muchacho! ¡Seguro que es cierto!
–Parece despreciar la vida, señorito Davy –dijo el señor Peggotty en voz baja y con aire solemne–. Cuando hay que realizar algún trabajo duro en medio del mal tiempo, allí está él. Cuando hay que correr algún peligro, es el primero en dar un paso al frente. Y, sin embargo, es tan tierno como un niño. No hay un solo niño en Yarmouth que no lo conozca.