David Copperfield

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Lo que aumentaba en gran medida mi desasosiego era no poder recurrir, en unos momentos tan decisivos, a los inestimables servicios de la señorita Mills. Pero el señor Mills, que siempre estaba haciendo algo para contrariarme (o al menos eso sentía yo, que viene a ser lo mismo), había llevado ese afán a su punto culminante, pues se le había metido en la cabeza marcharse a la India. ¿Por qué tenía que marcharse a la India si no era para fastidiarme? A decir verdad, no se le había perdido nada en otras partes del mundo, y en ese país tenía muchos intereses. Vivía del comercio con la India, fuera cual fuera este comercio (yo veía chales dorados y colmillos de elefante en una especie de nebulosa); había estado en Calcuta en su juventud y había tomado la decisión de volver allí como socio residente. Pero eso no significaba nada para mí. Sin embargo, significaba tanto para él que ya tenía pasajes para embarcarse, en compañía de su hija; y Julia se había ido al campo para despedirse de su familia; y la casa estaba literalmente cubierta de carteles que anunciaban su venta o alquiler, y que el mobiliario (incluida la calandria) sería tasado por un experto. ¡Y ahí estaba yo, en medio de otro terremoto, antes de que me hubiese recobrado del anterior!




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