David Copperfield
David Copperfield Estaba bastante indeciso sobre la ropa que vestirÃa en una fecha tan señalada. Me debatÃa entre el deseo de llevar lo que más me favoreciera, y mi temor a que cualquier detalle pudiese perjudicar mi reputación de hombre rigurosamente pragmático a los ojos de las señoritas Spenlow. Me esforcé por llegar a un justo medio entre aquellos dos extremos, y mi tÃa elogió el resultado; mientras Traddles y yo bajábamos por la escalera, el señor Dick arrojó uno de sus zapatos contra nosotros para darnos buena suerte.
Traddles era un excelente muchacho y yo sentÃa un profundo cariño por él, pero, en aquella ocasión tan delicada, no pude sino lamentar su costumbre de llevar el pelo de punta. Este peinado conferÃa a su rostro una expresión de asombro (por no decir de escobilla de chimenea) que, si se confirmaban mis temores, podrÃa ser funesta para nosotros.
Me tomé la libertad de mencionárselo mientras Ãbamos andando a Putney; y le sugerà que se lo aplastara un poco.
–Mi querido Copperfield –dijo él, quitándose el sombrero y frotando sus cabellos en todas direcciones–, nada me harÃa más feliz. Pero no hay manera.
–¿No hay manera de aplastarlos? –pregunté.