David Copperfield
David Copperfield –No –repuso Traddles–. Es imposible. Aunque fuera hasta Putney con un peso de cincuenta libras en la cabeza, mis cabellos volverÃan a ponerse de punta en cuanto me lo quitara. No sabes lo testarudos que son, Copperfield. Soy un puercoespÃn con las púas siempre erizadas.
Debo confesar que me sentà un poco decepcionado, aunque me encantó su sentido del humor. Le dije cuánto apreciaba su buen carácter; y añadà que toda la testarudez debÃa de habérsele concentrado en los cabellos, pues a él no le quedaba ni rastro.
–¡Oh! –contestó Traddles, riendo–. Te aseguro que la historia de mi infortunado pelo es muy antigua. La mujer de mi tÃo no podÃa soportarlo. DecÃa que le sacaba de quicio. Y también fue un verdadero fastidio cuando me enamoré de Sophy. ¡Un verdadero fastidio!
–¿Acaso no le gustaba a ella?
–A ella sà –respondió mi amigo–; pero, al parecer, su hermana mayor… la que es una belleza… no dejaba de burlarse de él. En realidad, todas sus hermanas se rÃen de él.
–¡Muy bonito!