David Copperfield

David Copperfield

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–En realidad fue el reverendo Horace –repuso mi amigo–. Es un hombre excelente y ejemplar en todos los sentidos; hizo comprender a su mujer que su deber cristiano era aceptar el sacrificio (especialmente por lo incierto que era) y no albergar en su pecho sentimientos poco caritativos hacia mi persona. En cuanto a mí, Copperfield, te aseguro que me sentía una verdadera ave de presa a punto de lanzarse sobre aquella familia.

–Las hermanas se pusieron de tu parte, ¿no es así?

–Pues no –respondió–. Cuando casi habíamos logrado convencer a la señora Crewler, tuvimos que darle la noticia a Sarah. ¿Recuerdas que te hablé de Sarah, la que tiene algún problema en la columna vertebral?

–Perfectamente.

–Pues Sarah apretó los puños –afirmó Traddles, mirándome consternado–; cerró los ojos; adquirió una palidez cenicienta; se quedó completamente rígida; y no quiso tomar nada durante dos días, si exceptuamos un poco de pan tostado con agua, a cucharaditas.

–¡Qué muchacha tan desagradable, Traddles! –exclamé.


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