David Copperfield

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–Un internado… cerca de Londres –fue su respuesta.

Me vi obligado a pedirle que lo repitiera, pues yo había olvidado retirar la boca del ojo de la cerradura y aplicar el oído allí; de modo que apenas había entendido sus palabras, que me habían ocasionado un intenso cosquilleo en la garganta.

–¿Cuándo, Peggotty?

–Mañana.

–¿Es ése el motivo de que la señorita Murdstone haya sacado mi ropa de los cajones?

Algo que efectivamente había hecho, aunque yo haya olvidado mencionarlo.

–Sí –dijo Peggotty–. El baúl.

–¿Me dejarán ver a mamá? –pregunté.

–Sí… Por la mañana.

Entonces Peggotty pegó su boca al ojo de la cerradura. Y me atrevo a afirmar que pronunció las siguientes palabras con una emoción y una gravedad jamás conocidas a través de una puerta; y las frases salieron entrecortadas de sus labios, como pequeños estallidos convulsos que surgieran de su interior.

–Davy, querido. Si últimamente hemos estado más separados, no es porque le quiera menos. Todo lo contrario. Pensé que sería lo mejor para mi pequeño. Y de paso para alguien más. Davy, tesoro, ¿me está escuchando? ¿Puede oírme?


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