David Copperfield

David Copperfield

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La última noche de mi encierro, me desperté al oír que alguien susurraba mi nombre. Me incorporé bruscamente en la cama.

–¿Eres tú, Peggotty? –pregunté, extendiendo mis brazos en la oscuridad.

No hubo una respuesta inmediata; pero en seguida volvieron a pronunciar mi nombre, en un tono tan terrible y misterioso que, de no haber comprendido que me hablaban por el ojo de la cerradura, me habría desmayado de miedo.

Avancé a tientas hasta la puerta.

–¿Eres tú, querida Peggotty? –repetí quedamente, con los labios en el ojo de la cerradura.

–Sí, Davy, tesoro mío –contestó–. Pero tiene que ser tan silencioso como un ratón, o el gato nos oirá.

Comprendí que se refería a la señorita Murdstone, y fui consciente del peligro de la situación: su dormitorio estaba junto al mío.

–¿Cómo se encuentra mamá, querida Peggotty? ¿Está muy enfadada conmigo?

Me di cuenta de que Peggotty y yo nos habíamos puesto a llorar, muy bajito, cada uno a un lado de la puerta.

–No, no mucho –se apresuró a responder.

–¿Qué van a hacer conmigo, Peggotty? ¿Lo sabes?


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