David Copperfield
David Copperfield Sería incapaz de explicar con palabras lo interminables que fueron para mí esos días. En mi memoria, parecen años. Recuerdo cómo escuchaba lo que ocurría en la casa y resultaba audible para mí; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de puertas, el murmullo de voces, las pisadas en la escalera; las risas, silbidos y canciones que llegaban del exterior y que, en medio de mi soledad y de mi deshonra, me llenaban de tristeza; el paso incierto de las horas, especialmente de noche, cuando me despertaba creyendo que había amanecido y me percataba de que mi familia aún no se había acostado y de que una noche interminable se abría ante mí; los sueños tan angustiados y las pesadillas que tenía; la llegada de la aurora, del mediodía, de la tarde y del anochecer, cuando los niños jugaban en el cementerio, y yo los contemplaba desde mi cuarto, sin acercarme demasiado a la ventana, avergonzado de que pudieran verme y supieran que estaba prisionero; la sensación extraña de no oír jamás mi propia voz; los momentos fugaces en que sentía algo parecido a la alegría, que llegaban con la comida y la bebida para luego desaparecer con ellas; la lluvia que empezó a caer una noche, y el olor a tierra fresca, y cómo diluvió cada vez más fuerte, entre mi ventana y la iglesia, hasta que el agua y la oscuridad creciente me sumieron en el pesimismo, el arrepentimiento y el miedo. Y todas esas sensaciones quedaron tan vivamente grabadas en mi memoria que mi impresión es que duraron años, en lugar de días.