David Copperfield

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Tuve la vaga impresión de quedar expuesto a otras miradas cuando la criada nos abrió; y de cruzar tambaleante un vestíbulo en el que había un barómetro, antes de pasar a una tranquila salita en la planta baja, que se abría sobre un bonito y cuidado jardín; y de sentarme allí en un sofá, y ver el pelo de Traddles otra vez de punta, en cuanto se quitó el sombrero, como una de esas molestas figuritas con muelle que salen de repente de las falsas tabaqueras al levantar la tapa; y de oír el tictac de un viejo reloj sobre la chimenea, e intentar acompasar su ritmo al de los violentos latidos de mi corazón… sin conseguirlo; y de mirar a uno y otro lado por si encontraba alguna señal de la presencia de Dora, sin descubrir ninguna; y de pensar que Jip había ladrado a lo lejos, y alguien le había tapado el hocico. Al final, después de empujar a Traddles contra la chimenea, me encontré inclinándome, muy confuso, ante dos ancianas enjutas y menudas, vestidas de negro y asombrosamente parecidas a dos miniaturas en madera y cuero repujado del difunto señor Spenlow.

–Les ruego que se sienten –dijo una de las dos ancianas.




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