David Copperfield
David Copperfield –¡Señor Copperfield! –exclamó la hermana de la carta.
Yo hice algo… imagino que saludarla con una inclinación… y era todo oÃdos cuando la otra anciana nos interrumpió.
–Mi hermana Lavinia –dijo–, que está muy familiarizada con esta clase de cuestiones, le dirá lo que nosotras consideramos más adecuado para promover la felicidad de ambas partes.
Más tarde descubrà que la señorita Lavinia era una autoridad en asuntos del corazón, debido a la existencia en el pasado de un tal señor Pidger, que jugaba al whist y que, según creÃan, habÃa estado enamorado de ella. Mi opinión personal es que se trataba de una suposición gratuita y que el señor Pidger era inocente de semejante sentimiento, que aparentemente jamás exteriorizó en modo alguno. Pero tanto la señorita Lavinia como la señorita Clarissa creÃan que habrÃa declarado su pasión si no hubiera muerto prematuramente (casi a los sesenta años) por abusar del alcohol, y por tratar de compensar esta debilidad bebiendo cantidades ingentes de agua de Bath. TenÃan incluso la vaga sospecha de que aquel amor secreto lo habÃa matado; aunque debo decir que habÃa en la casa un retrato de él, con una nariz carmesà que no parecÃa especialmente proclive a ocultar nada.