David Copperfield

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A pesar de que hasta entonces no había recibido la menor frase de aliento, creí percibir en las dos diminutas hermanas, y sobre todo en la señorita Lavinia, un interés cada vez mayor por aquel nuevo y fructífero asunto de interés doméstico; y vi brillar un rayo de esperanza, pues comprendí que se disponían a mimarlo y a sacar el mayor partido de él. Pensé que sería una enorme alegría para la señorita Lavinia vigilar a dos enamorados como Dora y yo; y que la señorita Clarissa se sentiría igualmente feliz de ver cómo su hermana nos controlaba, así como de intervenir en la conversación (para hablar de su tema predilecto) siempre que tuviera ganas de hacerlo. Eso me animó a declarar con la mayor vehemencia que amaba mucho más a Dora de lo que podía expresar con palabras o de lo que nadie podía creer; que todos mis amigos sabían cuán profundo era mi amor por ella; que mi tía, Agnes, Traddles y todos los que me conocían sabían cuánto la amaba y hasta qué punto me había hecho madurar su amor. Apelé a Traddles para que lo confirmara. Y mi amigo, con el mismo ardor con que se zambullía en un debate parlamentario, se expresó con enorme dignidad: la claridad y la sensatez con que confirmó mis palabras produjeron una impresión muy favorable.




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