David Copperfield
David Copperfield –Cuando no era más que un humilde empleado, la señora Strong me miraba siempre con desprecio. Agnes se pasaba la vida yendo y viniendo de su casa, y a usted lo querÃa mucho, señorito Copperfield; pero yo estaba muy por debajo de ella para que se fijara en mÃ.
–¿Y qué? –respondÖ. ¡Asà eran las cosas!
–Y muy por debajo de él, también –continuó Uriah, con voz muy clara y aire pensativo, mientras seguÃa rascándose la barbilla.
–¿Acaso no conoce lo suficiente al doctor –dije– para saber que es incapaz de recordar la existencia de nadie que no esté delante de sus ojos? –pregunté.
Me miró nuevamente de soslayo y alargó su rostro para rascarse con más comodidad.
–¡Oh, no! –respondió–. No me refiero al doctor. ¡Pobre hombre! Estoy hablando del señor Maldon.
Tuve la impresión de que mi corazón dejaba de latir. Comprendà que todos mis temores y mis dudas, toda la felicidad y la paz del doctor, todas las posibles combinaciones de inocencia y de compromiso que yo no habÃa conseguido desentrañar se hallaban a merced de las contorsiones de aquel individuo.