David Copperfield
David Copperfield Me miró de reojo con sus siniestros ojos rojizos y se echó a reÃr.
–La verdad, señorito Copperfield… Sé que deberÃa llamarle señor Copperfield, pero espero que me perdone, es la costumbre… Es usted tan persuasivo que me sonsaca todo lo que quiere. Pues bien, no me importa reconocer –añadió, poniendo sobre mà su mano frÃa y húmeda– que no soy hombre que goce de popularidad entre las mujeres, y nunca he sido del agrado de la señora Strong.
Sus ojos se tornaron verdosos mientras me observaban con diabólica astucia.
–¿Qué quiere decir con esas palabras? –inquirÃ.
–A pesar de ser un hombre de leyes, señorito Copperfield –repuso con una desagradable sonrisa–, en esta ocasión no quiero decir sino lo que acaba de oÃr.
–¿Y qué significa su mirada? –pregunté sin inmutarme.
–¿Mi mirada? ¡Vaya por Dios, Copperfield! ¡Es usted terrible! ¿Que qué significa mi mirada?
–SÃ, su mirada –contesté.
ParecÃa muy divertido y se rió con toda la animación de que era capaz. Después de rascarse un poco la barbilla, prosiguió, con los ojos bajos… sin dejar de rascarse, muy lentamente: