David Copperfield
David Copperfield No repetiré aquà hasta qué punto debo a Agnes el haber puesto en práctica estos principios. Mi narración me lleva de nuevo a ella, con tierno agradecimiento.
Vino a pasar quince dÃas a casa del doctor Strong. Éste era un viejo amigo del señor Wickfield y deseaba hablar con él para animarle. Se lo habÃa comentado a Agnes en su última visita a Londres, y aquel viaje era el resultado de la conversación. Padre e hija llegaron juntos. No me sorprendió oÃr decir a Agnes que se habÃa comprometido a encontrar un alojamiento en la vecindad para la señora Heep, cuyo reumatismo necesitaba un cambio de aires, y que estarÃa encantada de disfrutar de nuestra compañÃa. Tampoco me extrañó que Uriah llegara al dÃa siguiente, como un buen hijo, acompañando a su madre al nuevo hospedaje.
–¿Ve usted, señorito Copperfield? –exclamó, imponiéndome su compañÃa mientras daba una vuelta por el jardÃn del doctor–. Cuando se ama, se está un poco celoso… o, como mÃnimo, se desea no perder de vista al ser amado.
–¿De quién tiene celos ahora? –quise saber.
–Gracias a usted, señorito Copperfield –respondió–, de nadie en particular… o, por lo menos, de ninguna persona del sexo masculino.
–¿Quiere eso decir que está celoso de alguna persona del sexo femenino?