David Copperfield
David Copperfield Uriah se detuvo bruscamente, colocó las manos entre sus huesudas rodillas y se retorció de risa. Una risa totalmente silenciosa. No se le escapó el menor sonido. Su odiosa conducta y sobre todo aquella exhibición final me repugnaron de tal modo que me marché sin despedirme; y allí le dejé, en medio del jardín, como un espantapájaros que no tuviera donde sostenerse.
No fue aquella tarde, si mal no recuerdo, sino dos días después, un sábado, cuando llevé a Agnes a conocer a Dora. Había organizado la visita de antemano con la señorita Lavinia; y esperaban a Agnes a tomar el té.
Me sentía entre orgulloso y preocupado; orgulloso de mi pequeña y adorable prometida, y preocupado porque ésta fuese del agrado de Agnes. Durante todo el trayecto a Putney, Agnes dentro y yo fuera de la diligencia, imaginé a Dora exhibiendo sus encantos de todas las maneras posibles; y tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla como la había visto en un momento determinado, como decidía que tal vez fuera mejor que apareciera como la había visto en otro. Llegué a obsesionarme de tal modo que acabé en un estado casi febril.